miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un pueblo lejano llama

Son las tres de la tarde y los andenes de Estación Provincial son dos hervideros. Uno, el que da la espalda al hermoso edificio donde funciona el Centro Cultural, porque organizadores, músicos y público tempranero dan los últimos toques logísticos o descansan en una sombra impagable. El otro, el que da la espalda a la gran rambla y a la avenida 72, porque el sol castiga con ganas. Con ganas de castigar. Ahí, precisamente, está el escenario.

Resulta por lo menos llamativo ver al Mago Vidal sentado a la batería, dando golpes discontinuos a los parches. Es la prueba de sonido de Orquesta de Perros, y pronto cada cual ocupará su lugar, para terminar la prueba (y no por casualidad) con la banda tocando casi como música de fondo unos acordes que acompañan frases sueltas: "Mañana de sol, bajo por el ascensor...".

Cinco minutos para que los músicos se refresquen y los perros de orquesta dan inicio formal al festival La Plata Calling, homenaje oficial a Joe Strummer. Son las 15.45 y todavía (luego lo sabríamos) faltan más de 6 horas para que todo termine.

Entre temas nuevos y viejos, y la excelente remera del Eternauta que luce Pablo La Ferrara, aparecen las primeras versiones de los Clash, y particularmente resulta reconfortante que Lautaro Barceló escupa desde la traducción/adaptación de Career Oportunities que "las multinacionales te explotan". Espíritu Clash en contexto argento, esas son las oportunidades que se ofrecen por estos pagos, aunque allá están (hoy por hoy) no tan distintos.

Mientras tanto, del otro lado de la vía, a la sombra, Gustavo Astarita termina de instalar su bunker expendedor de cerveza. La Hermanos & Brothers tiene esa espuma cremosa que da placer disfrutar de a sorbitos, para encontrar un poco más abajo el noble elixir nacarado. Un poco más allá arden los leños: el homenaje (bien) argentino no podía pasar sin chorizo y carne a la parrilla.

Si la diversidad era una de las consignas, el combo que sube a continuación hace gala de ello. Con guitarras, vientos, violín y bandoneón El manijazo no sólo pone esa diversidad sobre el escenario sino también entre el público. Es que estan los que prefieren escuchar sentados y los que en trance bailan, los que miran, los que filman, los que fotografían, los que llegan para conformar un público bien heterogeneo.

Con una formación poco habitual por la auscencia de Federico Mutinelli, Mostruo! como trio ocupa el escenario cuando el sol empieza a retirarse del andén ardiente. Pronto, la sombra hará más habitable ese espacio destinado a las bandas. Pero mientras tanto, Lucas Finocchi digita el bajo y se permite avisar que "parece que anduviera en una bicicleta de una sola rueda". De nuestra parte cabe aclarar que no se nota. La performance de la banda no abandona el rock potente de bases sólidas, para delirio de los presentes (que a esta altura de la tarde ya son muchos, muchos).

Maestro de ceremonia y autodefinido "cara bonita del festival", Caio Armut anuncia la llegada de La selva de Miguel con una recomendación: prestar atención a una versión que la banda ofrecerá en breve y que ya fue presentada en la previa del festival, el 30 de noviembre. Los que estuvimos esa noche sabemos muy bien de que habla. Es que I fought de law modelo Amantes del cencerro eriza la piel, incita al grito de guerra, practicamente obliga a cerrar el puño y corear.

Buen momento para fumar y detenerse a observar. Entre el público circulan el mate y la cerveza. Una remera afirma estar al derecho mientras que dados vuelta están los demás, otra con una cabeza calva al frente sobre fondo negro se acerca a la parrilla y al retirarse muestra sobre la espalda el clásico Sumo con la clásica tipografía. Flota en el aire del homenaje a Joe Strummer ese otro homenaje paralelo, y así como antes del principio se recordaba la "calle con arbóles", antes del fin habrá otro guiño al rockero nuestro.

Los uniformes negros con vivos naranja fluo aparecen sobre el escenario. Otra formación con auscencia: La secta no cuenta en esta ocasión con Gastón Cingolani. Al menos, no de cuerpo presente, pero si en las pistas que dejó grabadas. Banda que experimentó cambios rotundos desde sus lejanos inicios hasta ahora (tanto en formación como en estilos) mantiene sin embargo esa atmósfera oscura y opresiva representada en una performance casi agresiva. Como no podía ser de otra manera, Rock in the Casbah suena como hecho a medida, mientras un grupo de niños y niñas saltan al ritmo de la música sobre las vías vacías. "La secta kids" dice Marcos Scarafoni también sorprendido al bajar del escenario.

La tardecita es esa bisagra en que el día se convierte en noche. Hay quienes le llaman ocaso, pero por acá le decimos tardecita, con ese diminutivo simple y cotidiano que indica que la tarde espesa y agobiante se hace más fresca, se achica, y le sigue otro diminutivo: la nochecita, que todavía es pequeña, que crecerá hasta ser noche echa y derecha.

Precisamente, a la tardecita Pérez sube al escenario para abrir su set con Chicos y chicas, que incita al baile de pequeños y timidos grupos. Se avecina un climax. El flaco Sagasti salta al ritmo de Perdido en el súper, y canta/traduce/adapta hasta que la base queda sonando sola y la voz arremete (al borde de romperse pero sin desbarrancar) con un “uh, in the morning yeah!”. Ahí andará el Pelado rockeando con Strummer, recordando los buenos viejos tiempos en la London setentista.

Ya es de noche, y todavía falta. Es el turno del Milano. Milano frontman. Milano rocker. Milano que canta Polcias y ladrones y se va de paseo entre el público. La banda queda sonando y el Milano desaparece. Por ahí anda, habla con alguien, arregla una fecha para el año que viene, pide una cerveza. La banda sigue sonando. Ahí vuelve. Se sirve un vaso y dice “Será que con los años me pongo místico, pero un cierre así habla muy bien de como empezará el 2012”. Rock, Milano, rock. Que así sea.

Se levanta viento y la noche refresca un poco más. El gazebo debajo del cual se vende la cerveza ya fue desmontado para evitar que ruede por el andén llevandose una parte del público que todavía no escuchó todo. Otro gazebo, bajo el cual el líder del peronismo posmoderno reparte sambuches de vacío a diestra y siniestra, amenaza con elevarse como la cometa de la farola. También se pliega.

Mientras tanto, sobre el escenario, el Tano Riccardo Dessupoiu se apresta junto a los otros integrantes de Argonauticks. Tiene mucho que ver con todo esto, el Tano. A él se le ocurrió alguna vez contactar a la Fundación Strummerville para oficializar este festival homenaje. Todavía sin una respuesta juntó al resto de La Camorra Producciones, y entre todos armaron esta fecha que promete quedar registrada en los anales del rock platense.

“Estuvieron toda la tarde sentados, vengan para acá, acerquensé” agita el Tano, señalando la enorme pista que prestan las vías. Más que vías, los rieles invadidos por un pasto breve, como alfombra de alto tránsito. El público se acerca, primero tímidamente, de a poco perdiendo las inhibiciones, para danzar al son del funk rock argonauticko. Queda como cierre un clásico de los Clash, no por casualidad: es el que presta nombre al festival. Argonauticks hace London callin' y Strummer, es de suponer, se da por bien homenajeado. Pasaron ocho bandas platenses, bien diversas en estilos, que junto a los temas propios ofrecieron a un numeroso público versiones de temas de The Clash.

Son algo más de las 10 de la noche. Ha corrido mucha cerveza por estos vasos, muchas bandas por este escenario. Hace un mes y medio la noticia corrió como reguero de polvora: van a hacer un festival homenaje a Joe Strummer. Desde entonces, más de uno volvió a escuchar a los Clash, a vibrar con el punk, a flotar con el reggae, y saltar y hacerse la cresta y cantar en un inglés de mierda y esperar marcando los días a que llegue la fecha. Tanta expectativa no fue defraudada.

2 comentarios:

Pablo dijo...

Excelente crónica MB
Un abrazo, Vidal

emebé dijo...

Mago, querido! Te me levantaste de la bata justo cuando iba a gatillar la fotaza!! ja.
Abrazo.